martes, 8 de julio de 2014

Los retos del maestro en la promoción de lectura

Los retos del maestro en la promoción de lectura





Diego Armando Lebro

Fui atrapado por el hechizo de las palabras por primera vez y para el resto de mi vida cuando tenía ocho años. Recuerdo aquel junio del 90 cuando decidimos ir a vacacionar a la vieja, pero encantadora finca de los abuelos. Mis primos y yo estábamos demasiado emocionados y planeábamos cada cosa que realizaríamos durante esos veinte días en los que estaríamos disfrutando del aire fresco, de las innumerables frutas silvestres que comeríamos, de la cantidad de vasos de leche recién ordeñada que beberíamos hasta estallar y de las carreras que haríamos en los caballos que mi abuelo nos hacía ensillar para que calmáramos la fiebre de sentirnos jinetes del oeste.  
Tan pronto mi abuela me diagnosticó me separaron del grupo de exploradores.
Pero fue ahí donde mi abuela, una mujer de aproximadamente 50 años, empezó a contarme historias, esas historias de vida que sólo le pasan a las personas del campo, historias de guacas, de hombres sin cabeza, del patas que visita a los maridos que son mujeriegos, del pollo malo que recorre los caminos en la oscuridad, de brujas que suelen caer en los techos de las casas en busca de niños no bautizados y otras, muchas historias que llegaron a mis oídos para perturbarme y convertirme en un explorador de cuentos.
Mi abuela con su voz de olor a leña me embrujó con sus palabras, palabras que salían como humo e invadían mi cuerpo a tal punto que cada día le pedía que narrara una nueva historia. Así entre cuentos sacados de las altas montañas y los chismes del marido de la vecina, del hijo de la tía, de la desaparición de la hija de la comadre… transcurrieron los veinte días hasta el fin de las vacaciones. 
Cuando llegué de nuevo a Neiva jamás volví a ser igual, quería que mi madre, mi hermano y mis profesores me contaran historias, historias nuevas, historias de embrujos, de brebajes y de sortilegios. Ahí llegó el deseo por los libros. Esperaba que ellos me cobijaran con sus nuevas voces, esperaba que me aventuraran por aquellos lugares que desconocía, pero que quería conocer, tal como lo había hecho mi abuela. Pero como suele pasarles a los niños en un país como Colombia, tener un libro en casa era pedirle al manzano que me diera guayabas. Había otras necesidades, según mi madre, eran  más importantes y no daban espera. 
Recuerdo que empecé a leer para buscar aquello que mi abuela me mostró más allá de las palabras y que aún hoy desconozco; empecé a leer para llenar el silencio; empecé leer para vencer el miedo en las noches cuando extrañaba a mi madre; empecé a leer para hallar las respuestas que mi padre nunca me dio; empecé a leer para entender lo que le pasaba a mi cuerpo; empecé a leer para agarrar las palabras precisas y dejar aflorar mis sentimientos; empecé a leer para volar, aun cuando no tenía alas; empecé a leer para acompañar las tristezas; empecé a leer para juguetear con las alegrías; empecé a leer para comprender la absurda guerra de mi patria; empecé a leer para salirme de lo práctico y útil y aventurarme en lo desconocido, es decir en lo verdaderamente valioso. Cuando llegaron los años de pensar en ser alguien -porque según la profe Melva hasta ese momento no era nadie- decidí seguir leyendo para hacerme maestro - promotor de lectura.
¿Ser maestro y de lectura? ¿Qué cosa es eso? – dijo mi madre. ¿Te quieres morir de hambre? Andate a buscar algo que valga la pena. 
Ahora que lo pienso creo que me hice maestro por venganza. Para vengarme de mis maestros que no tuvieron bajo su sombrero las lecturas que hilaran mis sueños y de mi madre por siempre querer cortarme las alas.   
Hoy como maestro pienso en las paradojas de la vida. Pienso en como el gusto por la lectura nos puede venir por múltiples caminos: una abuela que a pesar de no tener más que el tercer año de primaria que conoce el valor y la fuerza de la palabra; puede ser un buen maestro que descubre en la lectura esa puerta para llegar a ese lugar indescifrable que se esconde en las almas de sus estudiantes; hay otros en los que un buen amigo un día nos ofrece una parte del manjar; también puede ser que por algún motivo llega a nuestras manos una revista donde nos hemos podido informar y por consiguiente elegir una lectura que de entrada nos atrae; o tal vez en un día de descuido un libro nos escoge, nos toma de la mano y nos va llevando por esos territorios nuevos que nos esperan para ser descubiertos; en el mejor de los casos son nuestros padres los que nos regalan cuentos para recordarnos que estamos solos. Hay tantos caminos para entrar en lectura como lectores. 
Pero… ¿Qué pasa si falla la abuela, el amigo, la revista y hasta la familia? ¿O si por el contrario nos resistimos al asalto de un buen libro? ¿Puede la escuela cerrar los ojos como aquella durmiente a la espera de una revolución?  
El maestro debe ser un pescador, pero no un pescador cualquiera. No. No es aquel que lanza el anzuelo a ver qué cae de milagro. Nada en el promotor de lectura debe estar sujeto al azar, nada surge de lo etéreo. 
El maestro debe abrirse al diálogo, al consenso y al reconocimiento de las necesidades de cada uno de los lectores que le circundan y debe estar siempre en la búsqueda de los mejores libros.
El maestro antes de ser maestro debe ser un palabrero. Debe haberse dejado tocar por las palabras, haberlas agarrado por el cogote para exprimirlas, saborearlas, moldearlas, esculpirlas y, si un día se requiere, hasta desecharlas. Debe haber bebido de las fuentes, de lo que heredamos de los pueblos y lo que nos regalaron y nos siguen regalando los grandes palabreros -los escritores-. Además sabe prestar su voz para que cada palabra tenga el sabor, el color y la armonía necesaria, para que como humo invadan los cuerpos de sus oyentes.
Maestro cuento sabe llevar a sus chicos por los caminos de las lectura sin más pretensiones que la de abrir espacios para las preguntas y no para las respuestas. Pero permítame hacer nuevamente claridad aquí: cuando digo las preguntas, no hago referencia a las preguntas que hace el maestro o libro de texto para controlar que los lectores se hayan informado. Hago referencia a las preguntas que se hacen los lectores, esas preguntas que se quedan allí en silencio y que le permiten descubrir  y comprender que no están solos. 
El maestro de lectura debe ser un buen conversador, que sabe poner los libros en el momento preciso; genera espacios donde los lectores se sienten con la libertad de expresarse, de cuestionar, de proponer, de poder ser niño o joven, con sus sueños, sus deseos, donde hasta lo más inverosímil es posible.
Todo maestro debe tener sus propios trucos dentro del sombrero. Debe haber leído los libros que lleva al aula y además debe vivir las mismas metodologías que implementa. Un mago tiene su acto montado y organizado porque lo ha pensado, planeado y ensayado minuciosamente. Sin embargo debe tener claro que en la interacción con su público puede encontrar nuevas formas de realizar el mismo truco.
Estoy seguro que habrá muchos más aspectos que deban tenerse en cuenta para hacer de la lectura un verdadero encuentro y no desencuentro, pero eso ya depende de usted maestro, de su capacidad de leer las realidades y las necesidades de sus lectores. Hoy ya no se trata de medir la cantidad de libros que se leen por año, ya no se trata de inventarse recetas o tips para fabricar lectores, sino de reconocer las relaciones que  establecen los lectores con la lectura.


(Extracto de la ponencia en el III Foro de Literatura Infanto Juvenil, Posadas mayo de 2014)